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martes, 12 de enero de 2021

Prólogo Selena.


Prólogo

 

París, viernes 28 de junio de 2019.


Adrien Feraud entra con su moto BMW en el Boulevard Richard Wallace y reduce la velocidad. Viendo la inmensa cantidad de árboles y zonas verdes que hay alrededor, cuesta creer que se encuentre en París. Busca una villa que conoce por fotografías y por los numerosos informes que existen sobre ella. Vuelve a mirar por el retrovisor.

    No le sigue nadie.

Ha dado un rodeo de cuarenta minutos. Que un agente de la DGSE (Dirección General de Seguridad Exterior) acuda a la casa de uno de los mayores traficantes de armas europeo puede considerarse sospechoso.

De hecho, lo es.

Sin embargo, no ha podido negarse. La llamada de Dean Benner ha sido extraña y poco protocolaria. La voz del mafioso sonaba angustiada, un tanto desesperada. Le ha suplicado (o exigido, no lo tiene claro) que acuda a su casa esa misma tarde.

«Lo que hay que hacer por la patria».

Dean Benner no solo es uno de los informadores más fiables del servicio francés de Inteligencia, también suministra armas en Siria e Iraq a las guerrillas afines al gobierno galo. Se trata de un importante peón en la lucha contra el terrorismo integrista; por eso goza de inmunidad, aunque sea extraoficial.

El agente Feraud frena ante una verja metálica, aprieta el botón del videoportero, mira a la cámara y se levanta el frontal abatible del casco para mostrar el rostro. Segundos después la puerta se abre emitiendo un sonido que recuerda al canto de una cigarra. Avanza con su F-800 y recorre cincuenta metros por un camino asfaltado hasta la puerta. Se detiene frente a la vivienda. Es una mansión innovadora que juega con los tonos grises y blancos, rodeada por un cuidado jardín plagado de plantas que Adrien no es capaz de reconocer. Apaga el contacto, saca la pata de la moto y se apea. Al quitarse el casco, mueve la cabeza y se atusa el pelo. A sus cuarenta y siete años luce una hermosa cabellera teñida de rubio castaño. Se baja la cremallera de la cazadora motera y se ajusta el vaquero con refuerzos de kevlar. Hace calor; no obstante, le gusta ir equipado cuando se desplaza sobre dos ruedas.

Uno de los gorilas de Dean Benner sale a recibirlo. Se trata de un musculoso sujeto de metro noventa, calvo y con cara de pocos amigos. No es la primera vez que se cruza con él, aunque no recuerda su nombre. Viste camisa blanca, chinos y un arma bajo la axila. También luce un labio partido y un horrible chichón en la frente. Le hace un gesto para que lo acompañe. El agente Feraud lo sigue y atraviesan el umbral. El recibidor es dos veces más grande que el apartamento del agente. Es una construcción moderna con enormes ventanales donde la luz del recién estrenado verano campa a sus anchas. Caminan hacia unas escaleras que ascienden a la primera planta formando una curva hacia la izquierda. Adrien observa la ornamentación mientras sube los escalones detrás del hombre de Benner. Estatuas, cuadros, armaduras, jarrones y objetos de diversa índole invaden la mansión formando una alianza entre el dinero y el mal gusto que logra arruinar el aspecto de una residencia de más de diez millones de euros. Por fortuna, la primera planta apenas está decorada. Forma un semicírculo con una sala de uso indeterminado y las habitaciones a la derecha.

El matón abre una de las puertas y le indica que pase, Adrien obedece. Una cortina oscura limita la entrada de luz. Por eso, el agente Feraud necesita un par de segundos para reconocer la imagen que se muestra ante él: Dean Benner está postrado en una cama de hospital unido a un gotero. A un lado encuentra la maquinaria médica que monitoriza el estado del paciente; sentada en una silla, lo vigila una enfermera vestida con un uniforme que recuerda a los que se usaban a mediados del siglo pasado, incluyendo la cofia. Rubia, de ojos azules y belleza simple. En un lateral, junto a la ventana, se encuentra recostado en un sofá otro de los guardaespaldas del mafioso.

Al ver a Adrien, se incorpora.

—Buenas tardes, agente Feraud. Gracias por venir —saluda Dean Benner con voz gastada—. Como puedes observar, a mí me resulta imposible moverme de aquí.

—Buenas tardes.

Adrien se acerca al borde de la cama. El traficante de armas está muy demacrado: tiene la piel apergaminada y la nariz inflamada, teñida de un horrible color azulado, termina por estropearle el rostro. Viste un pijama de seda azul y la sábana le llega hasta el ombligo. Desde esa posición puede ver la escasa mata de pelo que le cubre la cabeza. El agente del DGSE pasa los dedos por su espesa cabellera, convencido de que, aunque es dos años más viejo que Dean Benner, parece mucho más joven.

La vanidad le hace sentirse superior y le da confianza.

—Espero que no sea muy grave —dice. No está seguro de que Benner quiera contarle lo ocurrido. Pero, por su posición y movimientos, es evidente que sufre algún tipo de herida por la zona del abdomen.

—Me recuperaré, no te preocupes. No te quedarás sin aliado. —Los ojos de Benner se posan en los de Adrien y no logra reprimir un gesto de dolor.

«No habrá tomado los calmantes para hablar conmigo con la mente despejada», deduce el agente del DGSE.

—Mía, ¿te importa dejarnos a solas?

—Por supuesto que no —contesta la enfermera manteniendo una estúpida sonrisa.

Se levanta y abandona la estancia con rapidez.

Adrien se pregunta si existe alguna escuela de Enfermería especializada en surtir de personal a mafiosos de mal gusto.

—Necesito que localices a una persona —suelta Benner tajante. Parece que no está de humor para dar rienda suelta a sus habituales fanfarronadas.

El agente Adrien Feraud lo agradece.

—¿De quién se trata?

El matón del sofá, obedeciendo a un gesto de su jefe, se acerca con una tablet en la mano y se la ofrece. Adrien pulsa el play. Un vídeo sin sonido comienza a reproducirse y lo mira con detenimiento.

Pasan dieciocho minutos según el contador digital de la grabación, que está editada y contiene varios trozos cortados, a pesar de los cuales la secuencia de hechos se comprende a la perfección. No obstante, el agente del DGSE apenas puede creer lo que acaba de ver.

 Lo vuelve a reproducir: los números digitales marcan las dos treinta y cinco de la madrugada del día veintisiete de junio.

«Han pasado cuarenta horas», calcula.

Un Ferrari F40 estaciona frente a la puerta principal. Un Audi A6 se detiene detrás. Del deportivo italiano descienden Benner y una espectacular morena embutida en un diminuto vestido de color crema con una chaqueta negra en la mano. Los dos guardaespaldas se bajan de la berlina alemana. Entran en la casa y el traficante de armas la lleva directamente a la primera planta. Detiene la imagen y la amplía. Consigue un buen plano del rostro de la joven. Lo estudia con cuidado tratando de recordar lo aprendido en los cursos de Fisionomía y Morfopsicología. Jamás ha visto esa cara. Vuelve a ponerlo en marcha. Dean y la chica entran en una habitación. Los dos gorilas se quedan en el salón. Se produce un corte y uno de ellos desaparece tras una puerta. El reloj indica que ha pasado unos siete minutos.

—Me entró el hambre y fui a la cocina —dice un tanto avergonzado el calvo del labio partido, que se ha acercado para mirar la pantalla.

Dean Benner le dedica una mirada de odio. El guardaespaldas agacha la cabeza.

Adrien vuelve a las imágenes. Ahora el otro matón se pone nervioso y sube las escaleras a la carrera.

Desaparece tras la puerta.

El segundo hombre abandona la cocina corriendo, realiza el mismo recorrido que su compañero y entra en la habitación.

Se produce otro corte.

La puerta se vuelve a abrir. Adrien mira los números de la grabación que indican la hora: calcula dieciséis minutos. La chica sale con los zapatos de tacón en una mano, la chaqueta puesta y una bolsa de cuero marrón colgando de su espalda. Su vestido crema se encuentra empapado de sangre. Abandona la mansión dando grandes zancadas y se monta en el Ferrari. Lo arranca. Se le cala en el primer intento, aunque logra ponerlo en movimiento y abandona la finca.

—¿Quién es la chica?

—No lo sé. Una zorra que conocí en el Vip Room.

—¿Qué se llevó? —pregunta el agente Feraud a Benner.

—Medio millón.

—¿Solo dinero? ¿Documentos? ¿Alguna prueba que pueda relacionarnos?

—No, nada de eso. Tan solo los quinientos mil. ¿Te parece poco? —replica Benner un tanto fastidiado—. ¿Qué estás insinuando?

—¿Cómo sabes que no era una agente extranjera en busca de información?  ¿Era francesa?

—No, me dijo que era venezolana. Pero te aseguro que tan solo era una puta —sisea Benner cada vez más irritado. Hace el amago de incorporarse y una mueca de dolor se instala en su rostro.

Desiste.

—¿Me estás diciendo que una prostituta (a Adrien le gusta cuidar el lenguaje) de unos cincuenta kilos de peso ha noqueado a tus dos guardaespaldas, además de dejarte a ti malherido?

Los tres hombres lo miran furiosos. En sus ojos hay odio, humillación y deseos de venganza. Adrien siente miedo; es posible que haya hablado demasiado. La condición de agente del DGSE le otorga protección, pero se trata de tres machos con tendencias homicidas humillados por una jovencita.

No conviene tentar así a la suerte.

—Te repito que solo era una zorra que robó el dinero de la caja fuerte. ¿Me crees tan estúpido de guardar documentos que puedan relacionarme con el Servicio Secreto? —le espeta Benner sin disimular su enojo—. Tú localízala. Nosotros nos encargamos.

El agente Feraud duda. La forma de actuar y que afirme ser venezolana le suena a agente rusa.

—Nos pilló desprevenidos —asevera el calvo del labio partido con una voz ronca, gutural.

Su jefe lo mira con odio y él retrocede. Después clava sus duros ojos azules en el otro, que baja vista al suelo. La tensión de la habitación sube hasta niveles asfixiantes. Al agente del DGSE se le ocurren varias frases ingeniosas acerca de la profesionalidad de los matones.

Se abstiene de decirlas.

—La encontraré, no te preocupes —interviene Adrien Feraud tratando de calmar los ánimos. No le gustaría estar en el pellejo de la mujer cuando la atrapen. Extrae una libreta y un bolígrafo del interior de su chaqueta motera—. ¿Cómo se llama la chica?

—Gabriela, o eso me dijo.

Adrien lo escribe. Lo más probable es que sea falso, aunque lo anota igualmente.

—Necesito los números de teléfono de todos los que estabais aquí esa noche. Para descartarlos. Así podré aislar el de nuestro objetivo.

Se los dicen.

—El Ferrari posee un localizador —añade Benner—. Lo encontramos al día siguiente estacionado en el distrito cinco. Aquí tienes el recorrido que hizo y una copia del vídeo que te acabamos de mostrar. —Agarra un USB que tiene sobre la mesilla y se lo entrega. El gesto le produce dolor.

—Perfecto. —Adrien guarda la memoria digital en el bolsillo—. Me pondré con ello de inmediato. Te llamo esta misma tarde para informarte de lo que averigüe.

—Gracias, amigo —dice Benner—. Te debo una. Confío en tu discreción, no deseo que esto se sepa.

—La tendrás, no te preocupes —afirma el agente Feraud sin saber si va a poder cumplir su palabra. Si se trata de una agente del FSB ruso, deberá informar a sus superiores.

Minutos después abandona la mansión para dirigirse a la oficina.

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domingo, 14 de junio de 2020

Corrupción en Marte (Prólogo)

Prólogo





Marte, 42 de abril del año 194.



Los dos turistas desayunan en la plaza Marte, situada en el lado oeste de la ciudad de Marina, capital del planeta rojo. Contemplan extasiados el cielo, que puede verse a través de la mayor cúpula de alucristal del Sistema Solar. El resto de la metrópoli se extiende como un gigantesco hormiguero por las grutas que se encuentran bajo el subsuelo del cañón Coprates Chasma.
—Este zumo está delicioso, ¿no te parece? —comenta la mujer.
—He de reconocer que sí —contesta el hombre—. Supongo que las naranjas son oriundas de Marte.
—Supones bien. La agricultura marciana es excelente—. Ella le agarra la mano—. Vamos, dime que es genial, que lo estás pasando bien.
—Claro que sí, cariño. Me alegro de que me hayas arrastrado hasta este maravilloso planeta.
Él acerca sus labios a los de ella y se dan un largo beso. Los dos parecen rondar los treinta años, aunque siendo colonos es posible que superen los cincuenta. La longevidad de los ciudadanos de La Federación alcanza con facilidad las quince décadas.
—Si te soy sincero, ayer quedé maravillado con el monte Olimpo. Jamás pensé que fuera tan imponente.
La camarera se acerca. Es una marciana de un metro treinta y cinco, ojos azul intenso y su cabello color óxido parece flotar sobre la poca gravedad del planeta.
—¿Quieren un poco más de jugo? —pregunta mientras agarra la jarra con la mano derecha; con la otra, sujeta la bandeja.
Su sonrisa es hermosa.
La pareja asiente y le ofrece sus vasos para que los rellene. Después se aleja; sus gráciles movimientos transmiten sensualidad.
Él no la pierde de vista.
La colona sonríe.
—Son guapas las marcianas, ¿verdad?
—Un poco pequeñas, para mi gusto —dice el hombre tratando de hacerse el despistado.
La pareja bebe en silencio.
—Estoy segura de que es una neo.
Él se encoge de hombros.
—Ni idea, ni tan siquiera sé cuál es la diferencia.
—Pensaba que te habías leído el folleto —lo regaña con cariño, como si fuese una profesora de primaria—. Los neos y los homos son los dos tipos de marcianos que existen. Cuando los primeros humanos llegaron a Marte no tenían nanotrajes ni sabían controlar la gravedad, y sus escudos magnéticos eran demasiado débiles. Por ese motivo, en las primeras décadas, la tasa de mortalidad fue muy elevada.
—Tenía entendido que sus cuerpos se habían adaptado al planeta con sorprendente rapidez —interrumpe el hombre.
—Eso es cierto. Pero fue porque atiborraron de fármacos a las mujeres gestantes y a los niños nacidos en los primeros años para forzar adaptaciones eficaces al nuevo entorno: cuerpos más pequeños para facilitar la circulación sanguínea en baja gravedad, ojos mejor adaptados a un entorno más oscuro y una piel que no necesitase su dosis de radiación solar. No obstante, a pesar de los medicamentos, muchos bebés nacían con deformaciones horribles. Por eso, la mayoría decidió modificar genéticamente sus embriones, para acelerar el proceso de adaptación al medio. Sin embargo, una facción de ellos se negó a la alteración genética y concluyeron que la naturaleza siguiera su curso con las mínimas interferencias humanas. Por eso hay dos tipos: los neos, que son los que decidieron modificarse, y los homos, la minoría que se decantó por la no intervención.
—No entiendo a los homos. ¿Quién se arriesga a que su hijo pueda nacer deforme?
 —Por lo visto, debían de ser seguidores de alguna religión de esas que aún hoy persisten en la Tierra.
—La Tierra, ¡menudo agujero infecto! Sales huyendo de ella y pretendes reproducir lo mismo en otro planeta. Definitivamente, estoy con los neos.
—La primera persona que pisó Marte, una mujer llamada Ágata, lo hizo en el 2031. Han pasado —la colona eleva los ojos para realizar la cuenta mental—, trescientos sesenta y cinco años estándar. La Tierra era un lugar muy distinto, los homos solo pretendían expandir su religión por el Sistema Solar.
—Lo de la Tierra se veía venir hace siglos, por eso se largaron de allí. Lo mismo que nuestros abuelos, y menos mal que lo hicieron, nunca estaremos lo suficientemente agradecidos.
La camarera pasa por delante de ellos y el colono interrumpe su discurso. Ella lo mira y sonríe.
Se producen cinco segundos de silencio.
—42 de abril del 194. Esto sí que es raro, ¿no te parece? —comenta él para romper el momento de tensión.
—No especialmente. ¿Tampoco te has mirado el calendario marciano?
   Él pone cara de niño bueno; la conoce y sabe que le gusta explicar todo.
—Lo único que sé es que las horas son un poco más largas, aunque no me lo ha parecido.
La colona se acomoda un poco mejor en la silla.
—El día marciano es ligeramente más extenso que el día estándar, casi cuarenta minutos. Por eso, al dividirlo entre veinticuatro, la hora es un tres por ciento más larga. Es tan poco que ni lo notamos. Lo que cambia mucho es el año marciano, 686,98 días terrícolas. O 668,5991 días marcianos. En su día decidieron dividirlo por los doce meses que todos conocemos, de tal forma que en los años pares los primeros ocho meses tienen cincuenta y seis días marcianos y los últimos cuatro cincuenta y cinco. Compensan el medio día que les falta en los años impares, le suman un día más a septiembre.
—Y cada veinticuatro años tienen que ajustar un día —añade él mostrando una perfecta hilera de dientes blancos.
—¡Eh! —Ella lo golpea en el hombro—. Así que te lo sabes. ¿Por qué me haces explicártelo?
—Porque me pone cachondo que te pongas en plan profesora.
Los dos ríen.
—¿Desean algo más? —los interrumpe la camarera.
—No, gracias —contesta la colona.
La marciana se aleja contoneando sus caderas. Él no pierde detalle de sus curvas. Al girarse descubre a su mujer con la vista clavada en sus ojos.
—¿Hay algo más que te ponga cachondo?
—No sé a qué te refieres.
—No te hagas el tonto. Casi se te salen los ojos de las órbitas. —A pesar de todo, no parece molesta; incluso, sonríe.
—No es eso, pensaba en los androides.
—¿En los androides? —Apoya los codos en la mesa y centra toda su atención en su marido. Parece divertirse—. Así que un hermoso culo marciano se pasea delante de ti, ¿y tú piensas en los androides? Explícamelo.
—Sí, me preguntaba por qué no ponen androides para realizar estos trabajos. En La Federación no hay camareros humanos, son los avaboots los que se encargan de este tipo de tareas, y eso que son mucho menos avanzados que los que tienen aquí. ¿Te has fijado? Cuesta distinguirlos.
Ella reflexiona un momento, decide concederle una tregua.
—Eso es porque su economía está menos desarrollada que la nuestra. Mucha gente perdería su empleo si les permitieran trabajar.
—¿Qué más da? Podrían cobrar impuestos a los androides y con eso garantizar una renta a los que pierdan su trabajo.
—No quieren, eso va en contra de su filosofía. Consideran que de esa forma se debilitarían, que se volverían ociosos y frágiles.
—O no. Esa gente podría estudiar y volverse más productiva.
—Es posible que tengas razón, no te lo discuto, pero ellos no lo ven así. De todas formas, fíjate en nosotros: en La Federación no están permitidos, ni tan siquiera como producto doméstico. Tenemos miedo de que, al ser tan parecidos a los humanos, terminen por alterar el funcionamiento de la sociedad.
—Esa es la versión oficial, pero todo el mundo sabe que los prohibieron porque los fabrican en Plutón y, en la actualidad, es nuestro mayor enemigo. He oído que incluso los han intentado replicar y no lo han logrado. Los expertos federales en inteligencia artificial no comprenden el funcionamiento de sus cerebros electrónicos.
—Yo he oído que sus cerebros no son totalmente artificiales, que tienen partes orgánicas. Por eso no los pueden replicar, porque sería ilegal.
El hombre se encoge de hombros. La camarera vuelve a pasar por delante y él la mira de reojo.
—He de reconocer que es muy hermosa, las marcianas en general lo son. Ellos también, pero son tan pequeñitos… —Agarra la mano de su marido y lo mira directamente a los ojos—. Te propongo un trato.
—Dime.
—¿Qué te parece si nos damos un paréntesis?
—¿Un paréntesis?
—Sí, se nota que te gusta y estoy convencida de que le has hecho gracia.
El colono traga saliva, va a decir algo, su mujer le pone dos dedos en la boca para que calle.
—No te culpo, sientes curiosidad. A mí me pasa lo mismo, no te creas. Eso no significa que hayamos dejado de amarnos. Estamos en un planeta desconocido y los marcianos son casi otra especie. ¿Qué te parece? Nos vemos esta noche en el hotel, sin preguntas, sin reproches…
—¿Lo dices en serio? ¿Te has vuelto loca?
—Vamos, no te hagas el estrecho. Lo estás deseando.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
—Lo mismo, ¿qué te crees? Me marcho y te quedas aquí, con ella.
—Pero acabas de decir que son demasiado bajitos.
—Ese es mi problema, no el tuyo. Además, ¿quién te ha dicho que vaya a probar con uno y no con una?
El hombre vuelve a tragar saliva. Imágenes de su mujer con la camarera cruzan su mente, las aparta, necesita pensar. Se revuelve en su silla. Se pregunta si es una trampa. No, ella habla en serio. Siente una mezcla de celos, excitación y complicidad con su mujer.
—Está bien —concede—. Con una condición. Yo también tengo una fantasía.
Ella exhibe su mejor sonrisa. Parece excitada.
—Dime, cariño. Me encanta que hayamos alcanzado este punto de confianza.
—Quiero que otro día nos lo montemos con una androide. De esas que se alquilan.
—¿Por qué no aprovechas hoy para alquilarte un par de ellas?
—Puede que lo haga, pero me gustaría hacerlo contigo.
Ella se ríe.
—Está bien. A mí también me apetece; no obstante, has dicho «una», no es justo. Que sea «una» y «uno».
Él duda. Ha escuchado que este tipo de pactos está de moda entre los turistas colonos que visitan el planeta rojo. Aunque jamás pensó que su mujer le propondría algo así. Por otro lado, Marte tiene fama de ser un lugar libertino y abierto a todo tipo experiencias.
La colona le susurra algo al oído.
—Está bien: trato hecho —dice el ciudadano de La Federación—. Tenemos un acuerdo.
Los dos se dan la mano. Ella le da un beso en los labios, se incorpora y agarra su bolso.
—¿Ya te vas?
—Claro, no quiero estropearte el plan. —La colona señala con la cabeza a la camarera.
—Pero… ¿Qué hago? ¿Qué le digo?
La mujer se agacha y se apoya en el hombro de su marido.
—Pídele que te enseñe la ciudad y a cambio la invitas a comer en un restaurante caro. No te preocupes, le gustas. Las mujeres detectamos estas cosas. Da igual que vivamos en un planeta inhóspito o en una gigantesca estación espacial.
Se da la vuelta, esquiva las mesas y se despide de la camarera. Las dos féminas cruzan sus miradas un instante y al colono le parece que se comunican algo, como si tuvieran una especie de código secreto silencioso. La observa mientras se aleja. El nanotraje se ajusta a su cuerpo como un guante. Es hermosa, sin duda. Siente una punzada de celos y a punto está de salir tras ella.
Se reprime, no quiere parecer un estrecho.
Fabrica mentalmente una conversación con la camarera y la llama alzando el brazo.
La marciana se acerca con su inseparable bandeja sobre la mano izquierda, usa la otra para juguetear con el cabello entre sus dedos.
Se detiene frente a él. Su sonrisa es más sutil que antes.
El colono traga saliva, intenta parecer calmado.
El rostro de ella cambia, se robotiza. Su cuerpo sufre una convulsión y la bandeja cae al suelo. El hombre observa cómo desciende junto con los tres vasos que lleva. No todos estallan con el primer golpe, uno rebota dos veces antes de hacerse añicos. Le parece que los movimientos son más lentos. Piensa que es por la baja gravedad del planeta. Levanta la vista hacia la marciana, pero ya es demasiado tarde.
Ella salta sobre él y de un mordisco le arranca media cara. Lo último que alcanza a ver es el rostro de la marciana empapado en sangre. Después vuelve a sentir sus dientes, en la garganta.

lunes, 19 de agosto de 2019

Prólogo (La tercera ley)


Prólogo



Martes, 9 de agosto de 2016


Allí la tenía, arrodillada frente a él, en sus ojos se atisbaba el terror de quien sabe que va a morir. El intenso aguacero veraniego lo empapaba todo. Jimmy contemplaba la escena parapetado tras el cañón de su pistola, que sujetaba con las dos manos y los brazos extendidos. Le parecía que no iba con él, como si fuese el espectador de una película de serie B.
—No lo hagas —suplicó la jueza—. Aún estás a tiempo. Necesitas ayuda, eres un enfermo.
—Si estoy loco es por tu culpa, maldita zorra.
—Pero fue Ruth la que te dejó, la que te puso los cuernos.
—Eso es verdad, sin embargo, ¿quién dictó la sentencia? Sabías que era una injusticia y aun así la firmaste. Total, solo soy un hombre. ¿A quién le importa? Lo normal es que ella se quede con todo. ¿No?
—Tal vez tengas razón. Deberías haberla recurrido. Últimamente revocan muchas de mis sentencias.
—No me lo creo, en el juzgado estabais todos contra mí. Era evidente.
—¿Qué más quieres? Has recuperado tu casa —sollozó la magistrada.
Jimmy meditó unos instantes. Observó que las gotas golpeaban el metal del arma para luego resbalar por él formando diminutas goteras. El viento arreciaba con fuerza jugando con la lluvia y las ramas de los árboles. Debería estar nervioso, mas no era así, no le temblaba el pulso.
—¿Y qué hay de mi hijo? Lo he perdido, me mira como a un extraño. En realidad, cree que su padre es el nuevo novio de Ruth, un tal Jaime.
—Aún es muy pequeño. Ten paciencia y terminará por reconocerte como su padre.
—Ya, ¿y quién me va a devolver estos años de su vida? No lo estoy viendo crecer. Me estoy perdiendo lo más hermoso. Mientras tanto, tú seguirás haciendo de las tuyas.
—No, te juro que no. Cambiaré.
—No te creo.
Acarició el gatillo. A esa distancia no podía fallar.
La mujer intuyó que iba a morir.
—¡Eres un delincuente! Lo supe nada más verte en el juicio. Tengo que velar por los intereses del menor. ¿Es que no lo entiendes? Los niños deben estar con sus madres.
—¿Los intereses del menor? No me hagas reír, lo único que te importa es el beneficio de las madres. ¿Acaso es bueno separar a los niños de sus padres? ¿Acaso es justo que solo pueda ver a mi hijo menos de sesenta horas mensuales?
La jueza guardó silencio. Tenía el pelo empapado y por su rostro corrían diminutos torrentes de agua. Su gesto cambió del miedo a la ira.
—¡Acaso, acaso, acaso…! ¿Acaso no eres un delincuente?
—¡Yo nunca he hecho daño a nadie!
—¿Estás seguro? ¿Te crees que no sé lo que pasó en Tenerife?
—¡Yo no hice…, fue Paco…! ¡Aquel cabrón lo merecía!
El sonido de la tormenta ahogaba sus gritos.
—¡Tú le ayudaste! ¡Fuiste su cómplice!
—¡Cállate, zorra!
Disparó.
Una, dos y hasta tres veces.
Sin embargo, las balas atravesaron el cuerpo de la magistrada e impactaron contra el tronco seco que estaba tras ella.
—¡Eres un mierda! —La jueza comenzó a reírse a carcajadas.
Jimmy se acercó y ella se fundió con los restos del árbol caído.
Otra alucinación.
Se llevó las manos a la cabeza. Notó el cañón del arma caliente sobre sus cabellos. Parecía que su mente volvía a recomponerse. Hacía como dos horas y media que había abandonado Seo de Urgel. Al ver la tormenta, decidió detener el vehículo en un área de descanso vacía, convencido de que el ruido de la tempestad ocultaría el sonido de los disparos. De esta forma podría probar la pistola y asegurase de que funcionaba perfectamente.
Introdujo el dedo en los tres agujeros. Era evidente que funcionaba. Miró alrededor.
Nadie.
El día se oscurecía conforme aumentaba la borrasca. Guardó la Star y buscó el camino de vuelta al coche. Calculó que había recorrido unos quinientos metros. Las costuras de su chubasquero empezaron a ceder y notó el frío del agua sobre sus hombros. Decidió volver. El viento ululaba entre la arboleda retorciendo a su antojo las ramas y arrancándoles las hojas sin piedad.
Cien metros después se detuvo al sentir que alguien merodeaba a sus espaldas.
Se giró y escudriñó el follaje.
Nadie.
Sintió miedo. No estaba solo y percibía una presencia extraña, no del todo humana. Le pareció que una sombra lo espiaba detrás de un roble. Aferró el arma y corrió saltando entre las traicioneras zarzas. Cayó al suelo clavándose varias espinas en las rodillas y las manos. Al incorporarse observó por la visión periférica que la sombra se acercaba. El terror disparó la adrenalina y comenzó una alocada carrera sin mirar atrás. El vehículo estaba estacionado junto al quitamiedos de la carretera. Lo saltó y buscó las llaves. El mando no funcionaba.
—Mierda —masculló—, se habrá mojado.
Apretó el botón y extrajo la llave. Por culpa del temblor, le costó demasiado introducirla en la cerradura. Por entre el vaho de los cristales podía ver que la sombra se aproximaba. Un olor a quemado asaltó sus fosas nasales. Consiguió abrir la puerta. Entró, cerró y echó el seguro. Arrancó el motor, metió primera y aceleró. Los doscientos caballos del BMW empujaron las cuatro ruedas tractoras con demasiada fuerza y el control de tracción tuvo que intervenir para mantener el vehículo en la trayectoria. Al alejarse miró el retrovisor interior. La sombra había tomado forma humana. Era un hombre de unos treinta años, totalmente empapado y con la camisa parcialmente quemada mostrando la línea de sus pectorales. Su cuerpo se incendió y emitió un grito animal.
—¡No puede ser! —exclamó Jimmy sollozando.
Lo había reconocido, a pesar de los años transcurridos seguía igual, como si el tiempo no hubiera pasado para él.
—Joder, la Antorcha Humana —murmuró entre lágrimas—. Tengo que terminar la misión antes de que acabe majareta del todo.


lunes, 15 de julio de 2019

AL ALBA

AL ALBA
 

Mentiría si dijera que no tengo miedo. Si piso tan fuerte al caminar es para evitar que el temblor de mis piernas me delate. Lo mismo ocurre con los grilletes, por eso los agarro como si colgara de ellos. Al salir al exterior no consigo abrir los ojos, calculo que llevo más tres semanas encerrado en este agujero. Sin embargo, cuando los rayos de sol acarician mi magullada piel siento renacer mi confianza. Es como el abrazo de una madre a un niño que llora desconsolado. El verdugo, un tipo enorme que huele aún peor que yo, me empuja y destroza el momento de paz que había logrado. Es igual, levanto la barbilla y me estiro tratando de mantener un porte altivo.
Atravesamos la puerta de los condenados. Mis pupilas ya están consiguiendo adaptarse a la claridad. Allí están todos, la villa entera ha acudido a presenciar el espectáculo. Sin embargo, esta vez es diferente. No escucho ni los gritos ni los abucheos habitúales con los que el pueblo suele saludar al reo. Tan solo percibo un murmullo sordo aderezado por llantos silenciosos. Cientos de ojos me observan mientras avanzo semi desnudo con mis ropas sucias y destrozadas, con mi carne mancillada por la intensa tortura a la que ha sido sometida. No obstante, mi espíritu está intacto. No han conseguido doblegarme, aunque crean que sí.
Levanto la vista y lo veo. Allí está, junto a la horca. Vestido para ocasión. Con su capa roja y sus calzas doradas. Custodiado por tres de sus hombres y el capitán de la guardia. Distingo su estúpida sonrisa. Él cree que ha triunfado, que ha logrado someterme, que la rebelión que inicié hace años desaparecerá cuando hinque la rodilla. Pero no lo haré. No claudicaré y, ahora que lo tengo tan cerca, tal vez, si Dios me ayuda, pueda culminar mi venganza y hacer justicia.
Descubro a mi esposa en primera fila. Con mi pequeña en brazos y mi primogénito agarrando su mano. La muchedumbre les deja espacio y forma un semicírculo donde nadie los empuja. Los ojos de mi hijo están bañados en lágrimas, pero no los de mi amada. Ella tiene la habilidad de hablarme sin mover los labios. En su rostro hay reproche y admiración al mismo tiempo, resignación ante lo inevitable. Sabe que anoche la mentí para engañar a mi enemigo. El mismo que tuvo la desfachatez de enviármela para tratar de convencerme. El mismo cobarde que escuchaba la conversación escondido tras el muro.
Soy consciente de que ella no lo entiende. ¿Pero cómo voy a arrodillarme ante ese monstruo? ¿Qué imagen voy a dar a mis hijos? ¿Y qué ocurre con las viudas de los hombres que dieron su vida por mi causa? Por mi loca idea de libertad. ¿Cómo se lo explico a sus huérfanos? No, lo siento amada mía, no puedo. Sabe Dios que me gustaría. Volver a mi hogar junto a ti y criar a nuestros retoños. Verlos crecer y verlos marcharse para formar sus propias familias. Envejecer juntos. Pero no puedo, ya no. Elegí otra cosa. Elegí luchar por un futuro mejor, por un reino justo y noble. Y, si ahora me someto, ese sueño desaparecerá; los muertos, los años de lucha, las noches que hemos pasado lejos de nuestras familias… Todo habrá sido en vano. No obstante, si logro aguantar la compostura, si no me dejo vencer por el miedo; nuestra quimera sobrevivirá para convertirse en leyenda. En una historia indestructible en la cual hombres y mujeres se atrevieron a enfrentarse a la injusticia y rompieron sus cadenas. Incluso es posible que transcienda a las generaciones futuras.
Unos dedos me agarran y me detengo a poco más de un metro de mi enemigo. Extiende su mano esperando que me humille y que realice el ritual de vasallaje. Es el momento, siento el peso del miedo y de la responsabilidad. El capitán de la guardia me observa concentrado. Parece que sospecha de mis verdaderas intenciones. Los dos somos soldados y nos conocemos. El hecho de haber combatido entre nosotros durante años ha forjado una extraña relación. Basada en el respeto y en la admiración. Podría decirse que somos enemigos íntimos. Estoy convencido de que, en otras circunstancias, hubiéramos sido grandes amigos.
Mis piernas comienzan a temblar. Sería tan fácil arrodillarse y largarme con mis seres queridos. Pero no lo haré. Siento la adrenalina fluir por mis venas, la furia que se apodera del guerrero antes de entrar en combate y me abalanzo sobre el déspota dispuesto a estrangularlo con las cadenas que unen los grilletes. Me siento débil y me duelen todos los huesos, mas sé que puedo acabar con él. Tan solo tengo que rodear su emperifollado cuello y apretar. El tiempo se ralentiza. Por un instante creo que lo voy a lograr. Sin embargo, una mano protegida por un guantelete me detiene y aprieta mi mandíbula. Algo ardiente atraviesa mis costillas y pulmones. No puedo respirar y el sabor de la sangre inunda mi paladar. Ha sido el capitán. Mis fuerzas me abandonan y siento que me derrumbo. No obstante, mi respetado adversario me sujeta. Mantiene su daga y su agarre en tensión; evitando que me desplome, dándome una muerte digna. Nuestras miradas se cruzan. Trato de darle las gracias con un gesto y él asiente. Mi respeto por él aumenta.
Mis sentidos me abandonan. Las tinieblas me envuelven y La Parca me espera, percibo su presencia cerca de mí. A pesar de ello, puedo escuchar el bramido del pueblo abalanzándose sobre su opresor y el grito de guerra de mis hombres. Así que no puedo dejar de sonreír mientras la dama de la noche me arrastra a sus dominios.  


miércoles, 14 de febrero de 2018

LA PUERTA

La puerta

            Sí, ya sé qué me estoy volviendo loco, y que, además, el casero me avisó. Que hasta en cinco ocasiones y de cinco formas diferentes me dijo que no intentara abrirla. Que me olvidara de ella. Pero no le quise hacer caso. 
    Siempre he sido así, desde que era un niño. Para mí una advertencia significa una irresistible invitación, algo a lo que no me puedo negar. En especial cuando la prohibición implica un misterio por descubrir.
    Ansié abrirla desde la primera noche, ni tan siquiera esperé a deshacer las maletas. Instantes después de despedirme ya había retirado el armario que la protegía. Los primeros intentos fueron sutiles. Tratando de no dejar rastro. Pero, conforme pasaban los días y aumentaba mi obsesión, la sutileza fue dejando paso a la brutalidad, por no decir a la violencia. Sin embargo, por muy tosca y grande que fuese la herramienta, jamás conseguí infligir daño alguno en ella. Curiosamente, eso, lejos de desanimarme, no hizo más que aumentar mi obcecación, que llegó a límites inimaginables. No dejándome pensar en otra cosa que no fuese cruzar su umbral. Llegando incluso a impedir el normal desarrollo de mis actividades cotidianas.
    Ahora entiendo que es imposible, jamás nadie la atravesará. Lo descubrí la noche posterior a la tarde que destrocé la motosierra. De madrugada. Cuando totalmente desvelado me dirigía a por un vaso de agua. Fue entonces cuando me percaté de la luz que salía por la cerradura y, desoyendo a todos mis instintos primarios, me arrodillé frente a ella, cerré uno de los ojos y con el otro miré…
   En realidad, y para ser sinceros, no entiendo lo que visualizo todas las noches. Aunque de alguna forma comprendo que ante mí pasan todos los secretos del universo. Los filamentos que tejen el espacio tiempo. Las leyes que rigen el destino del caos. Sin embargo, mi pequeño cerebro de homo sapiens no consigue asimilar la información. Se ha colapsado. Ya no distingue el paso del tiempo. Ha perdido la capacidad para interactuar con el mundo. Por eso llevo días sin comer. ¿O tal vez sean horas?  ¿Años? Quién sabe, yo solo sé que he perdido la razón…

miércoles, 5 de julio de 2017

Secretos de familia



Secretos de Familia




Han pasado unas horas y ya has comenzado a mamar. Siento cómo mi leche fluye con cada uno de tus sorbos; el calor que emana tu piel sobre mi pecho. Ya no te llevo dentro, pero todavía dependes de mí, es mi cuerpo el que te alimenta. Eso compensa el vacío que me has dejado. El dolor aún no me ha abandonado y unos insistentes pinchazos me recuerdan el desgarro que me has provocado. Mas no me importa, te amo y te protegeré siempre. Eres un bebé enorme, un varón. Apenas abres los ojos y tu piel arrugada aún mantiene el color azulado de los recién nacidos. No obstante, percibo en ti la fuerza de tu padre. Tu mata de pelo negro rizado y abundante, me hace intuir que serás el reflejo de mi amado. También sé que es la forma que tiene Dios de vengarse de mí; de hacerme pagar por mi traición. Porque estoy segura de que fuiste concebido la noche que le corté su espesa cabellera arrebatándole su fuerza. Noté cómo su simiente arraigaba en mis entrañas cuando ya lo habían prendido. En el mismo momento que recibía la bolsa con las monedas de plata.
Después hui de su mirada; me odié por lo que hice. Arrepentida, lloré durante horas y a punto estuve de arrojarme por aquel acantilado. Ya en el mismo borde del abismo, volvió ese pequeño pinchazo y mi intuición de mujer me dijo que no estaba sola. Que algo crecía en mi interior.
Me tragué la vergüenza y la culpa. Decidí marcharme. Usar el sucio dinero para procurarte un hogar. Jamás podré confesarte quién era tu padre. Ni una palabra sobre sus hazañas; ni que derrotó a tres mil hombres con una mandíbula de burro como única arma; ni que mató un león con sus propias manos…

Sé que conforme crezcas serás mi alegría y mi orgullo, aunque también el recuerdo de mi pecado, de mi traición, de mi codicia. Ya que estoy segura de que vas a ser la viva imagen del héroe. Por eso me fui tan lejos, porque nunca debes averiguar quiénes eran tus progenitores. Por tu bien y por tu seguridad me llevaré el secreto a la tumba. Mentiré, me inventaré una historia, pero nunca sabrás que, en realidad, eres el hijo de Sansón y Dalila.        

domingo, 2 de julio de 2017

PRÓLOGO

Prólogo


Iskandar terminó su último rezo en la soledad de su diminuto habitáculo dentro del modesto nicho-hotel que había alquilado. Se vistió con un carísimo nano-traje propio de un colono, metió el resto de sus pertenencias en una bolsa y se cubrió con un abrigo largo. No debía despertar ninguna sospecha, y que un colono abandonara ese antro era, cuanto menos, llamativo. Ensayó el acento y los gestos durante cinco minutos más. Ya no había marcha atrás. Trató de disolver el miedo y los nervios recordando los meses de preparación y lo mucho que odiaba a La Federación. Esos malditos infieles tendrían hoy su merecido y él sería el instrumento de Dios. Todos lo recordarían. Se imaginó entrando esa misma noche en el paraíso y que, al llegar, sería aclamado por sus hermanos.
Abandonó el edificio y, al salir al exterior, percibió cómo el traje aumentaba de peso para simular la gravedad terrícola. Tras el desconcierto inicial, esto lo reconfortó: en los tres días que llevaba en la Luna había sufrido cambios de peso cada vez que salía o entraba en alguna edificación, dependiendo de si poseía o no gravedad artificial. Elevó la vista para contemplar la inmensa caverna donde se encontraba. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar que estaba en el espacio y que, detrás de ese techo rocoso, se encontraba el gélido vacío.
—¿Cómo se puede vivir aquí? ¡Esto es obra del demonio! —murmuró en su idioma natal.
El reloj y la iluminación atenuada le aseguraban que estaba anocheciendo. Guiado por el sistema de orientación de sus lentillas digitales, se dirigió a la estación del moderno magneto-tren que salvaba los cincuenta kilómetros de distancia entre los dos mundos. Allí también se encontraba el control fronterizo de la zona terrícola. Por el camino, entregó la bolsa con sus pertenencias a una mujer que se encontraba con su hija en un improvisado refugio entre los huecos de la caverna. Las dos tenían deformaciones horribles debido a la falta de gravedad. En realidad, le costó decidirse entre la multitud de desgraciados que pululaban a su alrededor. En esto no se diferenciaba demasiado de la Tierra o, por lo menos, de todos los lugares que había conocido. Sin embargo, en la Luna, no poder costearse un nano-traje y una vivienda con gravedad artificial suponía una catástrofe para la salud.
—Todo es culpa de La Federación y de los infieles que la habitan —pensó, recreándose en el odio que fluía por sus venas.
Decidió abandonar el chaquetón en un rincón cuando entró en la zona de ocio de la colonia. Allí era habitual cruzarse con colonos que entraban y salían de los diversos locales: casinos, burdeles, bares de copas, el estadio de combates de avaboots… Comenzó a caminar de forma diferente, simulando la altanería de los ciudadanos de La Federación. Rechazó diversos ofrecimientos de todo tipo: drogas, mujeres, jovencitos, niños, niñas… En ese lugar, los colonos eran los reyes.
Divisó la frontera. Faltaban veinte minutos para la salida del próximo magneto-tren. Los guardias eran selenitas terrícolas, así que cruzar este control sería relativamente sencillo. El otro, en cambio, el que se encontraba en territorio de La Federación, era infinitamente más seguro, pero a Iskandar no le importaba, no necesitaba llegar tan lejos. Con disimulo, extrajo una cápsula de uno de los bolsillos y se la introdujo en la boca, la mordió y un ligero amargor inundó su paladar. Conforme se acercaba al puesto de control, los efectos de los neurotransmisores de la droga comenzaban a surtir efecto: el miedo desapareció por completo y una letal calma, como la que precede a un huracán, recorrió su anatomía.
Su ensayado acento y la documentación falsa le permitieron entrar en la estación sin problemas. Pagó el billete y esperó en el andén mezclándose entre los colonos, observando al enemigo, despreciándolo… Todos mostraban una estúpida satisfacción en sus caras. Algunos, con claros síntomas de embriaguez, hablaban alto y reían.
—Yo les borraré sus risas —pensó mientras su mano acariciaba involuntariamente un pequeño bulto que sobresalía en la parte baja de su espalda, dentro de su piel.
La estación estaba acristalada. Se podía contemplar la hermosa desolación del desierto lunar. Iskandar levantó la vista hacia el cielo tratando de hundir su mirada en aquella asombrosa negrura, solo rota por los diminutos puntos brillantes de las estrellas. Cerró los párpados tratando de fotografiar en su mente aquel hermoso espectáculo. Una extraña corriente de aire lo sacó de sus cavilaciones. Giró la cabeza en el mismo sentido que la multitud y observó un punto de luz que se aproximaba por el túnel transparente. Se adelantó. Era importante elegir un buen lugar. Se colocó la diadema y ordenó mentalmente a sus lentillas digitales que le mostraran el programa con la estructura del vehículo. Consiguió entrar de los primeros, pero no se sentó. Guiado por la realidad aumentada de las lentillas, eligió un lugar que, aunque incómodo, era lo que necesitaba para la misión.
Una vez lleno, el tren magnético comenzó a acelerar. Iskandar, apoyado contra el cristal del primer vagón, activó el programa que controlaba la bomba alojada en su cuerpo. Debía estallar a medio camino. En la simulación que las lentillas reflejaban en sus retinas, unos números empezaron con la cuenta atrás. El terrícola comenzó a perder aplomo. Su instinto de supervivencia decidió entablar una encarnizada batalla contra sus convicciones y las drogas. Decidió tomarse otra cápsula y ordenó a sus lentillas que le mostrasen textos del libro sagrado.

Cuando quedaban cinco segundos para la detonación, rezó en voz alta los últimos versos apretando su espalda contra el cristal. Los pasajeros lo miraron sorprendidos, pero ya estaba hecho: nada podría detenerlo...

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miércoles, 10 de mayo de 2017

LA TORTURA DEL OMNISCIENTE (Relato)

Ahora que lo sé todo añoro la ignorancia. Ya no consigo disfrutar de la belleza de las espirales galácticas, ni de las supernovas, ni de la oscuridad de los agujeros negros, ni de los pequeños planetas donde surge la chispa de la vida, ni de las eternas migraciones de los incorpóreos... Para mí ya todo se reduce a fórmulas matemáticas, a simples ecuaciones. Ahora que consigo viajar entre las membranas dimensionales, y que comprendo el origen y la dirección de la gravedad. Ahora que mi conciencia se expande por el infinito a través de la fuerza oscura. Ahora que conozco el destino del Universo y mi función dentro del todo. Sí, es ahora, cuando extraño mi antiguo cuerpo biológico: las limitaciones, la curiosidad, la incertidumbre, el dolor, el placer, el miedo, la emoción, el amor... Sí, eso también son ecuaciones, puede que complejas e imposibles para una mente individual, pero demasiado sencillas para la mía. Porque yo nací en un mundo rocoso, tuve una madre y una vida mortal, incluso un cuerpo capaz de generar otro ser. Pero también tenía una curiosidad infinita que me hizo renunciar a todo por el conocimiento. Eso ocurrió hace mucho tiempo, trece giros cósmicos atrás. Mi mente ansiaba saber, era una necesidad, una droga. Conforme aumentaban mis conocimientos surgían nuevas preguntas, y lo hacían de forma exponencial. Una vida no iba a ser suficiente, así que descubrí la forma de superar mi propia biología, transcender y prevalecer a la muerte. En un principio ayudado por máquinas, hasta que aprendí la sinfonía de las diecisiete vibraciones de la materia, entonces pude dejar atrás cualquier caparazón y expandirme por la antimateria. Esto me permitió asimilar otras inteligencias, diferentes procesos cognitivos derivados de diversas formas evolutivas.  
Ahora sé que, en realidad, no tuve opción. Lo descubrí hace medio giro, siguiendo las pistas que me dejó mi predecesor. La verdad de mi existencia me fue revelada y, también, la colosal tarea que debo realizar. El flujo gravitacional se está deteniendo y el proceso de compresión ha comenzado. Eso significa que me corresponde a mí volver a programar la inmensidad antes de la próxima explosión. En mí recae la responsabilidad de mantener el ciclo. Debo determinarlo todo de nuevo, desde el más insignificante quark hasta el cúmulo de mega-estrellas más masivo. Y eso es una tarea titánica, incluso para un ser de mi envergadura.
Estoy cansado, agotado y abrumado, menos mal que el fin está cerca…


Luis Ángel Fdez. de Betoño